Título: Mala Influencia

Artista: Pipe Villarán

Sello: A Tutiplénn

Año: 2017

Nacionalidad: peruana

Calificación: 6.5/10

Escribe: Francisco Melgar Wong

Todavía siento algo de admiración y gusto por Cosmos, el primer disco solista de Pipe Villarán. Pienso en la canción que abre el disco, “Sol”, un tema memorable, en parte, por el ánimo narcótico que surge de él gracias a un arpegio sicodélico y a un puñado de imágenes delirantes como “el cielo viene y va / lo miramos de rodillas”. Uno podría preguntarse: ¿por qué estas personas contemplan al cielo de rodillas? ¿Están pasando por una crisis mística? ¿Acaso son presas del efecto de alguna droga? Villarán no lo dice. Pero es justamente este misterio el que termina enganchando al oyente con el devenir de estos personajes.

Otra canción de Cosmos a la que regreso es “Sinnerman”, un blues acústico de estructura muy sencilla –pero tremendamente persuasiva- en el que Villarán va dibujando escenas con brochazos muy simples. Ahí está, por ejemplo, la imagen del “sinnerman” –un hombre al que la melodía colorea con toques de violencia y ruina- que aparece caminando por la calle al lado de sus hijos. ¿Cómo un personaje así, un pecador al que persigue la desgracia, puede andar de la mano con un símbolo de inocencia tan poderoso como sus hijos? Esta paradoja, nuevamente, sirve para engancharnos con el destino del personaje. Uno quiere saber más. Quizás la música, o un detalle en la letra, nos lo revelen si seguimos escuchando.

Lamentablemente, muy poco de este misterio alegórico puede encontrarse en su segundo disco: Mala influencia. En lugar de los detalles, primeros planos o escenas que surgían en Cosmos para salvarnos del cliché que los devotos del rock clásico siempre tienen en la punta de la lengua, nos topamos con un rosario de lugares comunes del rock. Digamos que “tú eres diferente y yo sigo igual / juegas con mi mente y clavas el puñal” no es, ni por asomo, el verso más sugerente que se ha escrito en lo que va del año. Lo que tenemos ahora, en lugar de las viñetas urbanas en tercera persona o las escenas bucólicas que Villarán proyectaba en Cosmos, son frases autoindulgentes que los personajes de las canciones (que casi siempre tienen la razón porque su actitud se los permite) utilizan para distanciarse del resto del mundo.

Esto debió evitarse, porque si hay un devoto del blues, el folk y el rock clásico que merece el éxito que se lleva un grupo como Amén, ese es Villarán. El problema es que ahora es difícil distinguir entre Amén y Villarán. Y eso no es bueno. Afortunadamente, no todo está perdido. “Deja Vu”, el penúltimo tema de la placa (que trae algunos interesantes ecos a Steely Dan) es quizás, en términos estrictamente instrumentales, lo más logrado que Villarán ha grabado hasta el momento. Además, en el tercer corte, “Superstar”, el cantante logra convencernos (¡nuevamente!) de lo que está cantando. En esta canción el personaje es un hombre -un cuarentón, quizás- que duda de su sueño de ser una estrella de rock y empieza a presentir que lo mejor sería empezar a ver el mundo de otra manera, aunque eso lo lleve a rehacer su vida.

Tengo la impresión de que estos personajes -dubitativos, excéntricos, complejos, en cierto modo perdedores, pero en otro profundamente originales y humanos- son los que Villarán dibuja mejor. En lugar de escribir canciones que proyecten una actitud de rock, debería escribir sobre ellos. Quizás en ellos se encuentra el rock.

 

 

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