Nuestra crónica del concierto realizado el sábado 17 en el estadio de San marcos.

Escribe: Diego Pajares Herrada

Tal vez hayan pocos públicos en el mundo como el peruano, capaces de armar un ‘moshpit’ -o cuatro a la vez- durante una hora con Papa Roach para luego cantar a pulmón “Mariposa Technicolor” de Fito Páez o ponerse a bailar al ritmo del “Mal bicho” de Los Fabulosos Cadillacs. Si los argentinos son conocidos por su aguante y efervescencia cuando de algún concierto se trata, nosotros los peruanos podríamos ser los eclécticos, comodines si se quiere, convenidos pidiendo “Zombie” durante toda la presentación de The Cranberries o tomando una cerveza mientras esperamos a Garbage porque “Simple Plan y Sum 41 no van con nuestro estilo”. Para todos hubo la noche del sábado en el Estadio de San Marcos en el Vivo X el Rock, el festival más popular del Perú -le duela a quien le duela-, el muchas veces vilipendiado pero hecho a nuestra medida, reflejo de lo que somos. Análisis sociológico aparte, concentrémonos en la música, que al final es lo más importante, aunque muchos quieran decirnos lo contrario.

Estuvimos en la tribuna Occidente aproximadamente desde las 6 de la tarde, luego de un ingreso sin problemas. Ayudó mucho que se hayan habilitado más puertas en San Marcos y los fantasmas de aquella edición del festival con colas de 4 horas quedó en el olvido. Hay que decir también que la poca diferencia de precios entre localidades propició que haya un lleno total en la zona del campo, mientras que las tribunas se pudieron observar algunos vacíos, incluso hacia el final de la noche.

Los más felices a esa hora de la tarde eran, sin duda, aquellos pertenecientes a la generación MTV. Las bandas canadienses Simple Plan y Sum 41 emprendieron un viaje hacia los primeros años del siglo XXI con temas como “Perfect” e “In Too Deep”, pero hay que decirlo: demostraron ser más que grupos que viven de la nostalgia. Sobre todo la segunda. Los liderados por Deryck Whibley (sí, el ex esposo de Abril Lavigne) derrocharon energía, e incluso ofrecieron destellos metaleros en el camino.

Garbage saltó al escenario con sus 23 años de carrera a cuestas e impuso su autoridad a punta de brutales y electrónicas secuencias que nos hicieron vibrar el pecho y la voz intacta de una Shirley Manson soberbia, que hizo suyo el escenario (terminó cantando en el piso, echada) y recibió las palmas del respetable. Una banda a la que la experiencia le ha sentado bien y fiel al sonido industrial en vivo. De lo que mejor se escuchó en la noche.

De inmediato, en el escenario del costado, volamos hacia el otro lado del espectro musical. Fito Páez, señores, en su faceta más rockera, de estadio, interpretando “Ciudad de pobres corazones”, no al teclado, sino guitarra en mano. Pero también íntimo, ‘feeling’ en “11 y 6” y “Te vi”, aunque no todo el estadio cante alguna que otra con él, pero Fito los fue trabajando, poco a poco, jalando los hilos y metiéndoselos al bolsillo con su “yo no vine a Lima buscando cobre” en “Circo Beat” porque “vos sabés que no es así, che”. El estadio se iluminó en “Brillante sobre el mic” y hasta hubo tiempo para sacarle el jugo a la noche, pues Garbage había terminado 10 minutos antes y Fito comenzado de inmediato. “A rodar la vida” parecía que ponía punto final a la velada cumbre de Fito cuando sacó el as de la manga. “Dale alegría a mi corazón” fue más un canto de liberación que una simple canción. Un momento para pedir, sinceramente, que nuestro corazón se alegra a puertas de que se acabe este año nefasto en muchos sentidos, una oración si se quiere, interpretada no solo por Fito si no por cada miembro de su banda, y el festival pudo acabarse ahí no más. Previamente, no fue necesaria la “Mariposa Technicolor”, pero en Vivo X el Rock el público manda. Y el público la coreó.

Saltémonos Papa Roach (y su muy correcta presentación, por cierto) para hablar de otros argentinos. Los que no terminaron de conectar con el público, a menos de entrada. Los Fabulosos Cadillacs no estuvieron tan fabulosos cuando salieron ante el público con un vocalista encapuchado que resultó ser Vicentico. En todo caso asistimos a un ensayo de lujo y a los intentos infructíferos de un ‘frontman’ algo desganado. Por supuesto, la gente respondió a los clásicos “El genio del dub”, “Mal bicho” y “Matador”. Y a los intentos de animar el show de Flavio Cianciarulo, talentosísimo bajista.

El acto central de la noche estuvo a cargo de The Cranberries quienes, con Dolores O’Riordan al frente, no escatimaron en ofrecer un setlist con hits como “Animal Instinct”, “Linger”, “When you’re Gone”, “Ode to my Family” y, por supuesto, “Zombie”. Decepcionó ver a una O’Riordan que definitivamente no está al cien por ciento, desentonando por momentos en las melodías más bajas de su voz, y respaldada por una una banda que parecía no haber ensayado mucho antes del show o que al menos no está muy en forma. No tuvieron una mala presentación, pero ciertamente se esperaba un poco más de una banda que generó altas expectativas en sus seguidores, muchos de los cuales, en el mejor de los casos, no los veían en vivo desde el 2010 en Lima.

Nos retiramos mientras Scott Stap salía al escenario a interpretar canciones de su ahora ex banda Creed. Deberían volver a juntarse. Se extrañó a Mark Tremonti.

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