Escribe: Oscar Bermeo Ocaña 

El historietista Liniers anda en Lima para subirse al escenario con su colega Alberto Montt en “Los Ilustres” (entradas al show en link). Excusándonos en su interés musical (hacedor de tapa de discos y habitual socio de las giras de Kevin Johansen) le pedimos dejar unos minutos los lápices para hablar de canciones. A fin de cuentas, ya le ha tocado en la tarima comportarse como un ‘rock star’.

¿Qué representa la música en tu vida?

Todos los dibujantes somos antisociales. Nuestro trabajo es muy solitario. Por eso somos muy melómanos. Hay una relación directa muy fuerte con la música. Estamos solos y la música es la mejor herramienta para alterar el lugar donde estemos.

¿Es una compañía?

Es más que una compañía. A mí me lleva a diferentes estados emocionales como para dibujar tal o cual tira. En una época cuanto más estúpido era el chiste, más sonso, más deprimente y sesuda era la música. Si el chiste era muy tonto ponía Radiohead o Tom Waits. Si el chiste era muy inteligente, ponía algo más relajado. La música influye directamente en el trabajo de uno, se mete.

Las veces que me tocó hacer tapas de discos traté de que se impregne esa manera de trabajar. Así que mientras hice la tapa siempre estaba escuchando cada disco (Kevin Johansen, Andrés Calamaro, Kanaku & el Tigre, Lisandro Aristimuño).

¿Qué aproximaciones a la música tuviste de chico?

Hubo tímidos intentos. Quería tocar la guitarra como Van Halen que había llegado a Argentina, quería hacer sus punteos, y mi vieja cayó con una guitarra criolla que parecía parte de un armario. Era chico, ahí aprendí La, Sol, Re. Ahora tengo 43 años y son las tres únicas notas que sé. Pero mi mujer toca el piano. Quiero que haya instrumentos a mano en casa para mis hijas. En la casa donde crecí no los había.

¿Te sientes un músico frustrado?

Sí, 100%. Esto es lo que pude hacer para zafar de la depresión. Aunque la verdad me he dado gustos muy grandes pese a mi falta de talento. He tocado, con Kevin, en el Luna Park mis canciones de 3 acordes. No me puedo quejar. Sé lo que se siente. Cuando estoy en casa soy malo, pero cuando estoy con la banda de Kevin, diez músicos acompañándome, de repente soy bastante bueno.

¿A qué propuestas musicales siempre vuelves?

Lo que más me atrae es el registro de Bob Dylan, del cantautor. El tipo con la guitarra que te va decir algo que es personal. De ahí hasta Tom Waits, Drexler, el mismo Kevin. Cualquier tipo que te está diciendo algo interesante. Por eso me parece bien que le hayan dado el Nobel a Dylan. También tuve mis obsesiones por Pink Floyd, The Velvet Underground, The Doors, dependiendo la edad. A los Beatles llegué grande. De hecho mis Beatles eran The Velvet Underground, descubrí el rock con ellos, no sé por qué. Y a los 23 años escuché a Beatles y dije “hay que darle bola a estos pibes, eran buenos”.

¿Le das mucha importancia a la letra?

Me gusta, es mi costado más literario. Quiero que me digan algo. Si hacen ‘yeah yeah yeah’, bueno, es simpático, pero qué lindo cuando Lennon, McCartney se pusieron a escribir letras. Me gusta que me sorprendan.

¿Por qué es acertado el Nobel para Dylan?

La discusión se orientaba a su rol de músico. Si no se le puede dar el Nobel a un tipo cuya obra está atada a la música, entonces no se le podría dar un Nobel a un tipo que hace teatro. Muchas veces, por el Nobel terminamos conociendo autores poco difundidos, pero nadie va descubrir a Dylan por este premio. Lo tiene merecido porque alteró el paisaje musical de los últimos 50 años. Creo que el 90% de los músicos te va decir que es una influencia.

¿Esta elección no habla también de la crisis de los géneros estáticos?

Claro, cuando era chico, era fácil. Esto es el punk, rock, heavy metal. Ahora no sé nada. Estamos un momento donde es tan fácil acceder a la cultura que ya no hacen falta esos vehículos explicativos. Ahora ya vas directamente a buscar un músico puntual, la película que quieres ver. Si estás consumiendo cultura pedorra, estás viendo TV todo el día, no es que no podés ver algo bueno. Con un poquito de ingenio te puedes bajar toda la filmografía de Kurosawa o Fellini. Aunque no está mal eso. Cada uno que vea lo que quiera. El editor de cultura hoy es uno mismo.

¿Tu vínculo actual con la musical se da a través de discos o listas de reproducción personalizadas?

Arranqué con el peor formato de todos: el casete. Cuando apareció el compact era caro, así que no salía durante dos fines de semana para comprarme un disco de Lou Reed. Tener el disco suponía que iba a tener las letras, iba a conocer quien tocaba los instrumentos, el productor. La vuelta del vinilo es un poco eso. A mi generación, que necesita el fetiche, le parecen raro las listas de reproducción. Ayer salió otro disco de Calamaro. Lo puedo escuchar en Spotify, pero siento que no lo tengo, está ahí flotando en el aire.

¿Crees que hay una estética hipster en tu trabajo?

No me considero hipster porque soy viejo. No tengo la paciencia para el ‘cortecito’ del pelo. Yo me vestí así toda mi vida: lentes, camisita a cuadros, pantalón. Tuve barba los últimos 20 años de mi vida. Me parecen simpáticos los hipsters. No me caen mal, buscan su propia estética. Aunque siempre me resultó raro cuando alguien quiere afirmar su individualidad aceptando un grupo. ‘Voy a ser punk y me voy a vestir como dicen todos los punks que hay que vestirse’. Estás agarrando un grupo que te dice cómo vestirte.

Yo soy viejo, me identifico con la generación X, el grunge, Nirvana. Cuando apareció Kurt Cobain dije ‘estos son los míos’. Usaba los pantalones rotos, la camisa a cuadros, ese espíritu.

Eres consciente que parte tu propuesta se adscribe muchas veces al movimiento hipster…

Sí, porque tengo lectores jóvenes. También supongo que me siguen los emos. Aunque ya desaparecieron ¿no? Se fueron con Evanescence.

Décadas atrás el rock argentino supuso una invasión cultural en el continente y pareciera que en los últimos años no ha habido un cambio de referentes ¿cómo ves el momento actual?

Los gigantes son los gigantes, Charly, Andrés, Fito, los Cadillacs. En los 60s, 70s, nace el rock y se empieza a cocinar con Charly García y Spinetta. En los 80s, con el retorno a la democracia aparece una especie de felicidad, Virus, Soda Stereo. La onda medio sesuda de un país que vive una dictadura de repente se permite la fiesta. Esa fiesta es lo que explotó en América Latina. Los Auténticos Decadentes, Fabulosos Cadillacs y Calamaro tenían una cosa muy festiva, una primavera democrática. En los 90s se vuelve todo más negocio. Empiezan las grandes productoras y se prioriza las ventas. Empieza a vender mucho el rock que era una copia de Calamaro (en el mejor y peor de los sentidos): el ‘rock chabón’, canciones para Maradona, aguante el fútbol, el whisky, la ‘minita’. A mí personalmente me empieza a aburrir ahí. En los 2000 aparece la discografía independiente. Surgen cosas interesantes como Lisandro Aristimuño, Kevin Johansen. Vuelve el cantautor. En este momento hay todo al mismo tiempo. Puedes ir a ver a Fito, Pity Álvarez, Onda Vaga, etc.

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