Escribe: Rafael Valdizán

Antes que nada, debo decirlo: no soy fanático de Guns N’ Roses. Estoy suficientemente lejos de entusiasmarme demasiado con su próxima visita a Lima, el 27 de octubre en el Monumental (por cierto, qué caras las entradas). Y es que no me siento muy conectado a la banda. ¿Por qué? No lo sé. Esta es una pregunta que no estoy en condiciones de responder racionalmente. Supongo que, como todo en la vida, hay cosas que nos magnetizan menos que otras por razones insondables. Finalmente, es algo que no tiene mayor importancia. Digo: lo que yo pueda pensar o sentir acerca de una banda es cosa mía y, en rigor, debería importar tres pepinos al resto de gente. Escribo, pues, a cierta distancia emocional, como mirando, desde una ventana empañada, el flujo de la vida cotidiana en exteriores, con sus armonías y desarreglos, con sus portentos e imperfecciones; con lo bueno, lo malo y lo feo.

Pero hago la salvedad del caso: pude haber sido un converso a la fe GN’R si se hubiesen mandado con más discos tipo Appetite for Destruction. Porque ese comienzo de carrera sí que fue formidable. Explosivo. Salvaje. Por fin una banda anteponía la ley de la calle en tiempos de spandex, rimmel, trapos multicolores y cabellos frondosos adheridos al edulcorado glam rock dominante de la época (segunda mitad de los años 80). Era una bomba caliente que combinaba influencias de Led Zeppelin, Aerosmith, los Stones, el AC/DC de Bon Scott, así como la actitud callejera del punk, la postura maldita y canalla del metal, todo ello envuelto en altas dosis de blues. El Appetite fue todo un manifiesto de rock and roll malandro, con excesos de alto calibre (incluyendo la portada original que fue prohibida por mostrar el dibujo de una escena de violación), pero más que nada, con un grupo de canciones urgentes y sucias que hicieron correr más sangre por las venas y agitar pulsaciones y latidos de corazón. Las armas estaban ahí, afiladas, en un momento de ebullición, despuntando las guitarras de Slash e Izzy Stradlin, cada cual en lo suyo: Slash descamisado, extrovertido, con un cigarrillo eterno consumiéndose en sus labios, sacando solos cargados de emotividad; Stradlin alejado de las luces, perfil bajo, y sin embargo, esencial en la segunda guitarra. Y Axl Rose en la voz, con todas las pilas puestas, emprendiendo agudos de alto rango y efervescente como frontman. Todo sobre una base muscular compuesta por Duff McKagan en el bajo y Steven Adler en la batería.

Desafortunadamente, nada fue igual después: lanzaron un flojito GN’R Lies, que consta del EP Live ?!*@ Like a Suicide más cuatro temas acústicos; luego les entró la huevadita el bicho de la ambición desmedida que derivó en los dos Use Your Illusion, un monumento a la grandilocuencia que bien pudo ser un trabajo más consistente si solo recogía lo mejor de ambas partes en una sola placa; para después entregarse de lleno a los covers con The Spaghetti Incident? Y eso fue todo. (El Chinese Democracy es prácticamente otra historia).

Hoy, 21 de julio, el Appetite for Destruction cumple 29 años de lanzamiento y, cómo no, amerita una revisión, un remember. Así pues, y a continuación, un ránking muy personal de siete canciones -de un total de doce incluidas en el álbum-, en orden de menos a más. No pretendo establecer que estos SON los siete mejores temas del Appetite. Son solo mis siete.

7. Welcome to the Jungle. “You know where you are? You’re in the jungle baby; you’re gonna die!”, reza la línea más recordada de la letra de esta canción, que -dicen- habla de las alborotadas calles de Hollywood, ciudad base de los gunners. Musicalmente viene bañada de influencias de Led Zeppelin y Aerosmith.

6. Out ta Get Me. Un tema directo-a-la-cara cuya letra sugiere señas sobre los delirios persecutorios de alguien buscado por la ley (presumiblemente Axl Rose y sus escarceos con la policía durante sus años mozos en Indiana). Un riff letal de inicio y solos guitarreros que elevan los niveles de testosterona y virilidad son parte esencial del atractivo de esta canción.

5. Paradise City. Otra pista que recibe el halo inspirador zeppeliano, aunque hay referencias de que Zero the Hero, de Black Sabbath, fue el insumo del riff central de esta obra. Como sea, Slash mismo habla de esta como su canción favorita de Guns N’ Roses. La fuga que acelera el ritmo hacia el final es realmente épica.

4. My Michelle. Esta canción es sobre Michelle Young, amiga de la banda. Sobre su adicción a las drogas, su infelicidad. Ella agradeció el sincero homenaje. Lo que más me gusta de esta pista es el cambio de cadencia, de estrofa a coro, que a su vez conlleva un cambio de clave, de hard rock a una suerte de variable punk.

3. It’s So Easy. Una pista ligera, que transcurre como dice el título: muy fácil. Y se digiere de igual manera. La puedes disfrutar en cualquier situación, en soledad, en el equipo de tu auto, entre amigos, y el resultado siempre será igual de agradable. Sin ser comercial, se te pega y no te suelta.

2. Nightrain. El homenaje de los gunners a una marca de vino de cierta popularidad en esos tiempos: Night Train Express. Vino barato y de alto contenido alcohólico. Faltaba más. El tema es avasallador, directo, y sí, parece el curso definitivo e imparable de un tren nocturno. Uno de los mejores solos de Slash corona la canción.

1. Sweet Child O’ Mine. Podemos haberla escuchado mil veces pero siempre volvemos a ella. Tres momentos claves hacen de esta canción una pieza irrepetible: la digitación guitarrera del inicio (que estoy seguro muchos intentaron aprender hasta tocarla con fidelidad); el cuerpo del tema, más cercano a una semibalada incluso naif; y el giro total hacia una actitud de confrontación, que se inicia con el notable solo de guitarra de Slash y que se mantiene hasta el final, cuando ya Axl ha empezado con el “Where do we go, where do we go now”. Una pieza llamada a no morir jamás.

Anuncios