foto: facebook Vivo x el Rock

Escribe: Oscar Bermeo Ocaña

El festival, un formato recurrente en la escena rockera local, ha tenido en los últimos años una fuerte exposición. Entre sus distintas vertientes, la marca Vivo x el Rock ha logrado consolidarse como el espectáculo referencial a nivel nacional. Instalando los encuentros multi escenarios, mezclando estilos, desplegando una gran logística, y apoyándose en una eficiente campaña publicitaria, cada edición implica citas multitudinarias que movilizan miles de gargantas hacia estadios de fútbol. Este acontecimiento en el imaginario colectivo (y en el discurso mediático masivo) constituye la expresión legitimada de cómo se vive el rock en el país.

Por la trascendencia ganada, legitimidad y sostenibilidad obtenida, Vivo x el Rock (VXR) se ha convertido en un interesante objeto de estudio donde también podemos escudriñar los niveles de visibilidad y circulación del rock local. Entre sus perspectivas, la marca VXR apunta a inscribirse en la lista de experiencias regionales como Cosquín Rock (Argentina) o Rock Al Parque (Colombia), aunque se diferencie de ellas por algunos matices: si bien hay un fuerte componente local, en su desarrollo VXR viene cediendo progresivamente el protagonismo a los invitados foráneos.

Precisamente, en ese intento por volver a posar los reflectores en la producción casera, y aprovechando el repentino sentir patriótico de julio, lanzaron una nueva cita rockera, su última jugada mediática, que tiene el sugerente y pretencioso nombre “Día de Rock Peruano”. (Vale mencionar que un enunciado similar fue usado cuatro años atrás por un colectivo de músicos que buscaba visibilizar el género. Ver link)

El nombre, con sus implicancias comerciales, supone un intento por otorgar un lugar central al rock local (un género históricamente subalterno) dentro de la dinámica cultural del país. Sin embargo, al revisar el cartel propuesto advertimos la confirmación de un comportamiento que subyace al propósito de abrir espacios. Porque si bien VXR significó la concretización del sueño de tener un festival masivo (aquí hablamos de estadios llenos, taquillas superiores a los 15 mil asistentes) con impronta local, su desarrollo evidencia también una exacerbación de la reiteración en las propuestas nacionales presentadas. Este hecho se tornó más evidente en las últimas versiones.

Revisando los carteles de las sietes ediciones de VXR e incluyendo el flamante Día de Rock Peruano encontramos que la franquicia generó 154 turnos para bandas nacionales. Nada mal. Un número lo suficientemente grande para dar ventanas de exposición a nuestros artistas. La visión se torna menos optimista al contrastar nombres: los 154 turnos fueron ocupados por sólo 45 propuestas. La repetición se evidencia más crítica al distinguir que el 50% (77 turnos) del total se concentra en apenas 11 bandas (Libido, Mar de Copas, Amén, Daniel F, Leusemia, Río, Zen, Trémolo, Serial Asesino, Terreviento y 6 Voltios). Es decir, hay una selección prácticamente fija que ha recorrido las diversas ediciones del festival limitando la posibilidad de apertura.

La decisión de repetir nombres parece justificarse comercialmente: esas son las bandas, que por sus niveles de llegada, sostienen económicamente la realización del festival. De hecho, ante las cada vez más frecuentes consultas periodísticas, sus organizadores hacen referencia a los resultados de encuestas online para defender los line up. Es decir, que la encuestología viral se ha tornado un legimitador de la reiteración, en validador de la encerrona artística.

El pretendido interés de los gestores implicados en fomentar el crecimiento de la escena rockera local (si es que hubiese alguna y no varias desperdigadas) choca ante esta actitud ligada a una fórmula fija. La inclusión repetida del mismo grupo de bandas (todas con más de 15 años de trayectoria) ya no contribuye a la afirmación de una escena, sino a la afirmación de estereotipos. Se consolida un patrón sonoro, no se amplía públicos, ni se ensancha el espectro musical.

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foto: FB Vivo x el Rock

Se reconoce la libertad empresarial para armar el cartel de acuerdo a intereses particulares, pero consideramos también oportuno testimoniar lo que acontece y la orientación que vienen tomando los principales mecanismos de difusión y circulación del rock local. Tampoco buscamos personalizar la problemática en una experiencia puntual. VXR, al constituir el festival legitimado, es el disparador para una reflexión que puede extenderse a otras iniciativas privadas de magnitudes similares (‘megafestivales’). No resulta muy difícil revisar los carteles de Juntos por el Rock, Acustirock (salvo su última versión) o los turnos de artistas locales en Ciudad Rock, entre otros,para darnos cuenta que suelen aparecer nombres consabidos.

Bajo la licencia de las categorías (los ‘mayores referentes del rock nacional’) se arman carteles predecibles, que, involuntariamente, instalan en el imaginario social la sensación de que no existe movimiento en la escena; que no aparece nada nuevo digno de mostrarse.

Cuando la realidad es otra. Existe un circuito alternativo (aún alejado de los grandes estadios) que moviliza propuestas e intercambios sonoros continuamente (hay una tendencia creciente de shows). Quizás vivamos uno de nuestros momentos de mayor producción rockera. En el discurrir de este blog, ya hemos identificado más de 50 nuevos discos en lo que va del año. La tendencia nos atrevería a decir que alcanzaremos los 100 al finalizar el 2016. Es decir, casi cada tres días se lanza una nueva producción rockera en el Perú. Y la calidad de muchas de estas propuestas son refrendadas por medios especializados internacionales. En esa misma línea, en los últimos meses emergieron oportunidades televisivas para exponer estos trabajos. La exposición va tomando rutas que, poco tiempo atrás, parecían impensadas. Hay un mercado en crecimiento.

Otra arista importante del problema, es la preponderancia del sector privado en este juego de presentaciones en vivo. Los principales festivales rockeros se mueven en función de empresarios que, como sabemos, están dispuestos a arriesgar muy poco. En ese sentido, ¿cuál es el rol del sector público en la exposición del rock local? Como en otras expresiones culturales, las preguntas y acciones de la gestión estatal deben enfocarse, ya no sólo en fomentar la producción, sino en promover las condiciones para la circulación y distribución de las propuestas. He ahí un desafío.

Por la dinámica asumida, los ‘mega festivales’ no son los mejores caminos para saber qué sucede hoy en el rock local. Y ahí encontramos otra complicación para empatarse con Cosquín o Rock al Parque, experiencias conocidas por dar apertura a nuevos artistas: ¿Nuestros principales festivales son semilleros? ¿Qué nueva banda ha tenido un impulso de crecimiento a partir de su paso por un festival?

Mientras tanto, seguimos jugando en favor de la invisibilización e indiferencia cuando el eje de nuestras discusiones va por los artistas internacionales y no por la reiteración de lo local. Total, ya nos cansamos que siempre vengan los Enanitos y Vilma Palma ¿no?

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