Purple Rain

Prince and the Revolution

Warner Bros, 1984

EE.UU.

10/10

Escribe: Francisco Melgar Wong

“Purple Rain” no es el disco más brillante de Prince. Es el más grande. Es tan grande que resulta difícil creer que sólo tres años antes de su lanzamiento, cuando aún fungía de telonero de los Rolling Stones, Prince fuera echado del escenario entre silbidos, insultos y pifias. En ese entonces, vestido únicamente con un hilo dental y un par de tacones aguja, Prince era demasiado negro y demasiado andrógino como para ser aceptado por el público de los Stones. Pero todo esto cambió con el lanzamiento de “Purple Rain”. A partir de entonces, Prince se convirtió en una de las estrellas más grandes del rock y el pop. En 1984, cuando volvió a cantar en los estadios de los que había sido echado a patadas, ya no lo hizo como un telonero, sino como un ídolo de masas. De alguna manera, “Purple Rain” había sido su venganza.

Como todo disco de pop rock mainstream que se precie de serlo, “Purple Rain” está lleno de emoción y de himnos.

El efecto púrpura no se sintió sólo entre los adolescentes blancos del mid-west que inspiraron el personaje de Kevin Bacon en “Footloose”, sino también entre los jóvenes negros que vivían en los ghettos de las grandes ciudades. Questlove, el baterista de The Roots, lo recuerda así: “los hermanos del vecindario tenían problemas con aceptar a un cara-pálida en tacones y bikini cantando en falsetto, pero después del video de ‘When Doves Cry’, donde besa a Apollonia, las cosas empezaron a cambiar”. Ciertamente, la posibilidad de besar a una de las chicas más deseadas de Gringolandia puede hacer que un adolescente cambie rápidamente de opinión. Pero seamos justos. No fue sólo eso.

La música de “Purple Rain” estaba a años luz del funk minimal que Prince había practicado hasta entonces. Para empezar, las baterías electrónicas habían sido reemplazadas por baterías reales. Dez, el guitarrista negro de pulso funk que lo había acompañado hasta entonces, había sido reemplazado por una guitarrista rítmica –y blanca- llamada Wendy Melovin; el propio Prince cambió los compactos riffs reminiscentes de “Funkytown” por un sonido gigantesco de guitar hero que no se escuchaba en la FM desde los tiempos de Hendrix y Page. Así, sin perder sus raíces soul, ni los matices freaks de sus lanzamientos anteriores, Prince hizo de “Purple Rain” el disco de rock más grande de 1984.

Esto puede sentirse en el fraseo de la guitarra a lo Chuck Berry que acompaña “Let’s Go Crazy”, o en la power ballad más emblemática de la época, “Purple Rain”, que cierra con un solo de guitarra de dimensiones épicas. Un dato: Dr. Fink, el tecladista de Prince en aquellos años, recuerda que antes de empezar a escribir las canciones de “Purple Rain”, Prince le preguntó por qué Bob Seger podía llenar estadios de la forma en que lo hacía. Fink le respondió: “porque toca pop rock mainstream”. Aquí está la clave para entender lo que ocurrió. Como todo disco de pop rock mainstream que se precie de serlo, “Purple Rain” está lleno de emoción y de himnos. Claro, es verdad que Prince nunca volvió a hacer un disco de estas dimensiones después de “Purple Rain”. Pero, ¿debería importarnos? ¿No deberíamos agradecer, más bien, que nos dejó el disco de pop rock mainstream más grande de los años 80? Y el más raro también. Un disco de pop rock mainstream vestido con un hilo dental. De color púrpura.

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