El circo de los fenómenos

Esvedra

Sonidos Latentes, 2016

Perú

Calificación: 8/10

Escribe: Rafael Valdizán

Son de Huancayo y este es su segundo disco. Disco que salió primero en formato virtual y que ahora ve la luz, en digipack, vía el sello Sonidos Latentes. Si bien sus pergaminos hablan de rock progresivo, creo que la propuesta de Esvedra no está sujeta a una sola categoría, por más que el prog rock sea un vasto terreno en el que caben perro, pericote y gato. El detalle, aquí, es que la banda pertenece a la categoría de inclasificables y sin membrete: es como una moneda lanzada al aire y que, en su trayecto de abajo arriba y de arriba abajo, permite una permeabilidad digna de elogio. Decir que Esvedra es rock progresivo es limitar a una banda que ha decidido aventurarse por espacios conocidos y otros no tanto, pues tiene de rock, blues, jazz y un vuelo sin techo que les permite visitar tantos lugares como les sea posible.

En este segundo disco, llamado El circo de los fenómenos -el primero fue Proyecto Siddartha (2013)-, la banda huancaína enciende los motores y da rienda suelta a lo que les dicte el instinto, el impulso vital. Un detalle: es música instrumental y basta con eso. Las cuatro canciones que componen el álbum son como disparos al aire, sin bitácora aparente, solo con el mandato interior de dejar salir los sonidos en modo casi aleatorio. Es un ejercicio de liberación, como si de una sesión de música anárquica se tratara. Y es arriesgado, tomando en cuenta que no estamos ante un combo numeroso con una extensa gama de instrumentos. Solo se trata de guitarra, bajo y batería, más algunos matices en teclados. Más nada. Entonces, ¿cómo pretender ser una banda progre con herramientas en apariencia insuficientes para gestas de cierta grandilocuencia? Ahí está el punto: no llamaría a Esvedra una banda de rock progresivo, sino una banda que cuaja más con lo experimental; músicos unidos para tocar hasta que algún elemento exterior interfiera en el camino. Es como un grupo de amigos, bajo el techo de un garaje, decidido a soltar sonidos hasta que la muerte los separe.

La pieza central del álbum lleva el mismo nombre: El circo de los fenómenos. Tiene una duración de casi 17 minutos y es un viaje de sensaciones, nada demasiado complejo como para hablar de músicos egocentristas con ganas de spotlight. Es un viaje que tiene de modestia y atrevimiento. Es un golpe bien dado, a puño limpio y sin el soporte de alguna máquina o aditamento adicional. Son guitarra, bajo y batería impulsados por una fuerza interior que desborda y pretende y logra tomarte del cuello. Nada de artilugios fuera de este mundo, nada de soberbia ni pretensiones. Es un manifiesto de honestidad, pero eso sí: con ganas de trascender.

La mayor complejidad proviene de cambios de cadencia, de ritmos sincopados, de sorpresas que modifican el rumbo establecido. Y es suficiente. Esvedra demuestra, con suficiente aplomo y valentía, que no tienes que ser Frank Zappa para rayar y dibujar interrogantes en mentes y oídos. Se trata de cómo hacer que tu fórmula sencilla y desnuda empuje y pugne más allá de lo pensado a priori para hacer saber que el arte existe aún si no tienes, teóricamente, las herramientas requeridas para hacer una magnum opus. Una canción como Capitán Santiago viajando a través de la luz por espacios desconocidos,  con sus cuatro minutos y medio de duración, ya te dijo todo acerca de cómo crear música que te deje pensando y, mejor aún, sintiendo. La tienen clara Gonzalo Escobar (guitarra/sintetizador), Luis Sarapura (batería) y Édgar Gutiérrez (bajo).

¿Me dan a elegir entre músicos acróbatas que se juran dioses por desafiar el pentagrama, hacer piruetas sobrehumanas, alienígenas, aún cuando su música termine siendo un rascacielos que atraviesa el techo del mundo sin mayor razón, y músicos honestos, humanos y capaces de inyectar emociones con acordes y texturas de este mundo? Denme a los segundos.

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