Comeflor

Comeflor

Icarus Music, 2016

Argentina

Calificación: 8.9/10

Escribe: Rafael Valdizán

Es argentino, pero ha vivido y hecho obra en Perú. Es, además, hijo de Guillermo Van Lacke, músico de los legendarios Tarkus. Entonces, sí: también es un poco nuestro. Aquí, su calidad de músico inagotable se reflejó en vivo y en discos editados por distintos proyectos que dio a luz, como TlönTortuga La Fauna. Ya sabrán que aludo a Christian Van Lacke, quien hace más o menos un año terminó sus pasos peregrinos por nuestro país -y antes por España y Venezuela- para volver a su tierra. Precisamente, ni bien asentado en Buenos Aires, Van Lacke, siguiendo la orden incontenible de crear música, formó Comeflor, banda cuyo nombre remite al tema que grabó con Tlön en su disco III (2011), una hermosa pieza instrumental, acústica y pastoral. Pero no se piense que Comeflor (el nuevo proyecto de Van Lacke) reposa sobre verdes pastizales, bajo un cielo celeste y despejado y el abrazo de un sol amigable y benevolente. No. Su primer disco, de título homónimo, va por otros rumbos definitivamente distantes de toda connotación de placidez. Ya desde el primer corte, La criatura de Dios, nos ubica en parajes más bien oscuros, en el reino del rock pesado -denso y negro (como debe ser), con una breve fuga de bordes psicodélicos poco antes del final, lo que deja como saldo una especie de matrimonio entre Black Sabbath Pink Floyd (con referentes así, no hay forma de que la pieza no sea un temón)-.

El disco en su totalidad nos pinta un viaje siniestro y claustrofóbico cuyo átomo primigenio o big bang parece surgido del acorde denominado diabolus in musica (la madre de todo cordero que se precie de hacer el mejor rock pesado posible)

En Comeflor (la placa) vamos a encontrar diversos planos, atmósferas y niveles de intensidad, pero todo ello bajo una bruma persistente, velada; un humo negro que parece conducirlo todo como la mano gigante de un ente oscuro omnipresente. Encontramos riffs de guitarra ásperos y en notas menores, pasajes acústicos, sonidos reverberantes y psicodélicos, y sobre todo ello el clásico falsetto que caracteriza la voz de Van Lacke. En el tema Ombú es el piano el que asume protagonismo: una obra melódica que, no por serlo, queda exenta de la oscuridad omnipresente. Cierto es: el disco en su totalidad nos pinta un viaje siniestro y claustrofóbico cuyo átomo primigenio o big bang parece surgido del acorde denominado diabolus in musica (la madre de todo cordero que se precie de hacer el mejor rock pesado posible).

Entre las mejores canciones de Comeflor podemos nombrar: Él (con un excelente solo de guitarra, extenso y pletórico en sentimiento); Canción para una niña triste, una suerte de antibalada (si se me permite el neologismo para intentar definir a una canción de paso lento y leve, pero de efecto atmosférico y espíritu turbador); Fósil (que cierra el álbum de forma épica, donde la psicodelia y el heavy rock se dan la mano para alumbrar una travesía de inicio calmo que, con el correr de los minutos, se vuelve enloquecida y vertiginosa); Conectar, un hard rock raudo y setentero (y púrpura) que ventila los tramos más sombríos por los que nos conduce la banda; y, por supuesto, la ya mencionada La criatura de Dios. 

Comeflor inicia el camino sobre unas bases muy sólidas y pone el hombro y todo músculo para mantener viva la esperanza en el rock pesado como una fuerza imbatible. Que ese camino siga ascendente para Christian Van Lacke (voz y guitarra), Marcos Rocca (bajo) y Dano Digón (batería).

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