Escribe: Francisco Melgar

Para empezar, Keith Richards desafina al tocar la guitarra y al cantar.

Es verdad. Durante el solo de “Sympathy for the Devil” lo vi buscar la nota correcta varias veces, sin éxito. Luego, en “Jumping Jack Flash” se comió desvergonzadamente la segunda parte del riff inicial. Que los rolingas me perdonen, pero la forma en que cantó “You Got the Silver” el domingo no me gustó. La voz aguardentosa macerada en cigarrillos y cocaína que Keith tiene hoy en día me hace extrañar la versión original (“Let it Bleed”, 1969), donde algunos rastros de dulzura juvenil le añaden veracidad a la historia de inocencia perdida que narra la canción. Por supuesto, al ver a los Stones en vivo también descubres que, a pesar de todo esto, Keith es el alma de los Stones. Sin él, serían sólo una banda excelente. Y los Stones son más.

Charlie Watts. El lord inglés entre los piratas del caribe. Baterista extraordinario. Charlie improvisa más de lo que uno imagina. Es sorprendente ver a un baterista de rock -de estadio- mantener el ritmo monumental que Charlie logra mantener jugando de la forma en que juega. Toms. Hi Hat. Platillos. Todo sirve para llenar las canciones de detalles y gestos que las hacen latir y sonar vivas. Charlie es un baterista de jazz tocando rock de estadio. Y eso es un milagro que debe contemplarse con la boca abierta. Sin Charlie, los Stones serían sólo una banda entrañable. Y los Stones son más.

Ronnie Wood es un genio de la guitarra rock. 40 años tocando en vivo con los Stones le han llevado a asimilar el repertorio de la banda como una droga que corre por sus venas. Riffs de power pop. Licks de música soul. Notas pantanosas de blues del delta. Ronnie lleva todo esto tatuado en el cerebro y su instinto reptil responde de inmediato cuando Keith requiere ayuda. Sin Ronnie, los Stones serían sólo una banda emblemática. Y los Stones son más.

Mick. Por supuesto.

Con setenta y pico años a cuestas Jagger todavía mueve la pelvis y corre por el escenario como si tuviera diecinueve. Hijas, madres y abuelas aúllan cuando lo ven pasar. “Es lo máximo”, suspira una tía cuando Mick se sube el polo para ventilar su abdomen fibroso. Es cierto, Keith es el alma de los Stones. Pero Mick es la corporalidad del rock llevada al límite. Sin él, los Stones serían sólo dinosaurios del rock. El recuerdo de un tiempo extinto. Y los Stones son más.

Con setenta y pico años a cuestas Jagger todavía mueve la pelvis y corre por el escenario como si tuviera diecinueve.

Mención aparte merece el set list que trajeron a Lima. El concierto empezó con “Start Me Up” (“Tattoo You”, 1981). Luego vinieron “It’s Only Rock and Roll” y “Tumbling Dice”: clásicos setenteros para asegurar la noche. Tres canciones más tarde Keith salió a cantar “You Got the Silver” y “Before They Make Me Run” (“Some Girls”, 1978), durante la cual unos brasileros se escondieron debajo de una bandera para esnifar unas líneas de polvo blanco. Para ese entonces, el olor a marihuana ya era parte del aire. Claro, bastaba mirar alrededor para ver surferitos, tías rockeras, viejos pastrulos, chibolos curiosos, padres e hijos, yuppies, hippies, el chino de la esquina. El bosque democrático, como diría William Eggleston. No había mucho hípster, nomás. Como no es el tipo de concierto en el que pueden ser admirados, reconocidos y desfilar como modelos al entrar, prefirieron abstenerse. Mejor.

Como bien señaló Gonzalo Alcalde, un punto de quiebre de la noche fue “Midnight Rambler” (“Let it Bleed”, 1969). Con esta canción demoledora (se mandaron con una versión de casi 15 minutos) Keith, Charlie y Woody se dejaron llevar con improvisaciones que le añadieron agresividad y algo de peligro a lo quedaba del show. Dicen que Tula Rodriguez, en la sección VIP, no entendía lo que pasaba. Así es el rock, Tula. Incomprensible.

Finalmente, la canción elegida para cerrar el concierto fue “Satisfaction”, que ecualizó para el gran público el final del concierto de rock más importante que se ha realizado en nuestra ciudad. Qué más se puede decir. Si algún día te sientes mal, sólo recuerda que estuviste allí.

(Foto: Carlos Lezama/Andina)
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